Una mesa para todos

En un mundo lleno de etiquetas y grupos excluyentes, se hace necesario hacer un lugar en la mesa para el marginado, para que deje de comer migajas y se siente junto a otros a la mesa. Incluir al Excluido es la tarea en este mundo. Salgamos en búsqueda de los que no están, hagamos un lugar al marginado en la mesa de la felicidad.

domingo, 22 de mayo de 2011

Yo Soy


De una persona que vivió lo que cuenta...
                                                                              Nathan Stone sj

                Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, dice el Señor.  Juan 14:6

                Estaba recordando mi primera visita a la Vicaría de la Solidaridad, al lado de la Catedral, Santiago de Chile, 1979. Allí, la Iglesia y la izquierda trabajaban juntos para defender los derechos humanos y alimentar a los hambrientos.  La mera existencia de esa oficina en el segundo piso de la librería Manantial era un testimonio conmovedor de la fraternidad humana.
                Años después, tuve un profesor en la Universidad de Texas en Austin, eminencia en letras, que escandalizaba a estudiantes preguntando principio consensual compartido por cristianos y marxistas.  Él era metodista bíblico de la antigua escuela.  Decía que los dos se comprometían con la dignidad universal del ser humano.  No me sorprendía.  Por eso podía existir esa Vicaría.
                Dignidad universal de ser humano son palabras fuertes.  En toda comunidad, hay una tendencia a crear jerarquías de dignidad que pronto se transforman en escalafones de quiénes realmente tienen dignidad y quiénes, no; quienes son personas respetables y quiénes, no; entre quiénes tienen derechos y quiénes están en el mundo para ser explotado y despreciado. 
                En aquellos tiempos, Iglesia e izquierda aplicaban metodología participativa y usábamos la palomita de la paz al cuello.  Nos tratábamos de , nos concientizábamos y nos comprometíamos con la causa.  Se parecía a la mesa redonda del cristianismo primitivo, donde todo se compartía y todos comían del mismo pan.  El aporte de cada uno era importante en la elaboración de un proyecto común de suma urgencia: el Reino de Dios, o bien, una sociedad sin injusticias.
                Llamó la atención, cuando entonces, un día, escuché lo siguiente: Compañeros, muy bueno nuestro proyecto, pero han llegado órdenes de Moscú, y tenemos que hacer todo lo contrario.  O sea, feliz que todos se crean el mito de la igualdad fraterna, pero la verdad es que hay una estructura externa que nos manda con autoridad ciega, absoluta e incuestionable.  Hasta ahí duró nuestro ecumenismo con las juventudes comunistas.  Como chicos católicos, no nos interesaba dar la vida por la causa oculta de algún señor que vivía en otro hemisferio. 
Hoy, me pregunto si las órdenes de Moscú no existen aún.  En la Iglesia, sería una tremenda contradicción.  Los hermanos en la fe comemos del mismo pan y somos animados por el mismo Espíritu.  La comunidad laical y ministerial no tiene porqué temer la participación real.
Más fuerte nos pareció la advertencia, en una noche de confianza entre los humos de las barricadas encendidas y la audacia del caceroleo, un dirigente que afirmó con fervor, Prepárate, compañero, porque después de la victoria, viene la estalinización.  Se refería a la purga realizada por Joseph Stalin en la Unión Soviética para eliminar a sus propios partidarios menos ortodoxos en su marxismo, o bien, menos entusiastas en la adulación de su persona.  Murieron millones. 
Lo primero que llamaba la atención era la idea de que iba a haber un después de la victoria.  Nuestras barricadas eran muy poca cosa contra los tanques y ametralladores del General Pinochet.  Más profundo y doloroso, sin embargo, fue constatar el hecho de que el compromiso con la dignidad universal del ser humano era solo un discurso.  Imposibleestalinizar a un hermano.  La lucha por la justicia se había transformado en una lucha por el poder.  La fraternidad universal se había transformado en culto a la personalidad.
                  En la Iglesia, hay una tendencia a tomar la frase de Jesús, Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, como una declaración de guerra que afirma que las estructuras y sus encargados son la vía única y auténtica de salvación mundana y eterna.  Muchos creen que su parroquia, colegio, pastor o movimiento es el camino exclusivo.  Han comprendido la frase al revés.  Me explico. 
                Jesús dice, YO SOY.  En hebreo, sería el Nombre Sagrado del Padre de Jesús, (YHWH), el vocablo silenciado por respeto.  Eso quiere decir que ningún movimiento, ni institución, ni ministro, ni estructura, por santo que sea, puede asumir el lugar de Cristo como cabeza y piedra angular.  Él es, y sólo él.  Sin desmerecer su opción de vivir una vida verdaderamente humana y solidaria con el género humano, él es también, totalmente, otro, diferente y trascendente
                La alteridad total de Cristo Resucitado no es un motivo de distancia entre la cabeza y su cuerpo.  Es, al contrario, nuestra salvación.  Pese a la flaqueza y mezquindad de la institución humana, él es fuerte, coherente y bondadoso: infinitamente compasivo y solidario. 
                Si logramos reconocer al Resucitado, vivo y presente, como único intermediario con su Padre que también es infinitamente bueno; si logramos dejar de lado el culto a la personalidad y la idolatría a las instituciones; entonces, volveremos a sentarnos juntos en la misma mesa como hermanos y hermanas, compañeros y compañeras. 

jueves, 19 de mayo de 2011

En soledad


Hay una diferencia entre estar solo y sentirse solo. A mi me gusta escuchar música solo en mi pieza por la noche y lo disfruto. A todos nos gusta tener privacidad y momentos para estar con uno mismo. Pero sentirse solo, abandonado, sin nadie a quien recurrir, a quien amar o que te ame, eso, eso es distinto. Nadie debería sentirse solo, nadie debería llegar al extremo de desesperarse por sus dolores y preocupaciones. Cuando eso pasa quiere decir que algo hemos hecho mal nosotros, los que deberíamos estar cerca como amigos, pareja, hermanos, padres, etc.

Hace unos días se suicido un conocido cura.  Calama tiene los índices nacionales más altos de suicidio juvenil. En Antofagasta cada cuanto se suicida alguien. Las tasas de depresión son altas. Veo gente en triste en las calles, con la mirada clavada en el suelo, utilizando sus Blackberry de última generación, para escapar de un mundo que se le hace duro. ¿Y dónde estamos nosotros? Los hemos dejado solos, les hemos quitado la posibilidad de mostrar sus debilidades y pedir ayuda. La depresión y el suicidio no son caprichos de las personas, don heridas profundas y medidas desesperadas. Se han quedado solos, todo lo que hay es silencio. Es cierto, cada uno debería tener cierta resiliencia y salir adelante, como muchos lo hacen. Pero su no podemos ayudar al más débil ¿cómo podemos hablar de caridad?

Las personas se están sintiendo solas, no se si es culpa de internet, del sistema económico, de los nuevos tiempos, de que ya no hay tiempo no lo sé, quizá no me toca saberlo. Lo que si se es que nos estamos dejando solos, hablamos menos, escondemos nuestros sentimientos sobre todo nuestras debilidades. Hay quien diría que nada de esto es cierto, pero se ve en la calle, la gente no está feliz. Es cierto que hay miles de motivos para deprimirse; la pobreza, la injusticia, perder a quien amamos etc. Pero la única razón para perderse en ese dolor es que nos quedamos solos.

Decir te amo ya no nos cuesta tanto, demostrarlo en acciones es más difícil. Tiende la mano al que está mal, no esperes que te pidan ayuda, hazlo antes de que te lo pidan, porque cuando lo hacen, ya puede ser muy tarde para hacer algo. Preocúpate de cómo está el otro aunque parezca que está bien, nuca se sabe lo que hay detrás de una sonrisa. Simplemente no dejemos a nadie solo, tampoco nos dejemos solos, el amor te salva la vida y nadie me convencerá de lo contrario. Este mundo nos lleva más a pelearnos que a amarnos, porque las peleas convienen, porque siempre hay alguien que pierde, en el amor, aunque pierdas, ya ganaste.




lunes, 16 de mayo de 2011

Servicio y gratuidad: dar la vida, para dar vida


Hay gente que no entiende, que no comprende, que no concibe el servicio a los demás desde un sacrificio personal. El servicio para muchos está bien cuando pueden seguir manteniendo una casa en barrio alto, con un buen auto y con varios lujos más allá del promedio necesario para vivir. Por suerte también hay muchos que están dispuestos a darlo todo por los demás, que no necesitan ni lujos ni poder, que han entendido que el amor es la única riqueza que agrada a Dios.

Siempre he pensado que debe haber personas que luchen por los más débiles, por el amor y la justicia desde todos los francos. Desde la cúpula y desde el fango, pero en la misma sintonía. Sin estorbarse, más bien colaborándose. Pero el que está arriba siempre corre el riesgo acostumbrarse demasiado al poder y los lujos, a la tranquilidad y terminara por quedarse ahí, en su tranquilo escritorio, si no pone alguna vez los pies en el fango, si no se contacta con el dolor y la pobreza. Una opción real por los pobres implica vivir al menos un poco de pobreza.

El que está en el fango a menudo puede terminar convirtiéndose en un “soldado” combatiente y furibundo, olvidando el amor y la cooperación, puede volverse contra el poder, olvidando que su tarea es devolver al poder donde corresponde, al servicio. El también debe aprender a dialogar con los de la cúpula, trayéndolos al fago, para que vean la verdad del dolor. Todo ha de ser cooperación.

El otro día me encontré con un amigo que por estos días se titula de Ingeniero Civil. El, en vez de trabajar para una gran empresa transnacional, como las que abundan en la región, quiere ser director de una fundación de ayuda a los más desposeídos. No parece nada raro, pero hay gente que no lo comprende, que no entiendo porque hipoteca su futuro, sin concebir que en esa tarea puede estar construyendo futuro.

Con otro amigo conversaba que me había gustado el trabajo que hacen unos jesuitas en la amazonia brasileña, yendo por los pueblos formando centros de protección de derechos humanos, sobre todo con los indígenas. Su tarea es ir donde los más débiles y darles herramientas para poder crecer, todo con amor. El tampoco entendía esa tarea, le costaba creer que alguien pudiera dejarlo todo para “perderse” en la selva y vivir “así”. Lo que él no entendía era el servicio desinteresado y sacrificado, fuera de la oficina cupular, si pudiera pensar en la colaboración entre ambos y no despreciar o desechar el trabajo de los demás, podría lograr mucho más de lo que cree, podría contribuir en verdad con la construcción del reino.

Pero nada de esto va por buen camino si no se hace con amor. Solo el amor es un buen motivo para dar la vida, el resto sería solo vanidad, o por el contrario, debilidad disfrazada de radicalidad, intentando hacer algo que nos alimente, que nos permita sentirnos menos débiles e inútiles, que nos llene el ego, que nos haga mejores. Quizá el triunfo está en la entrega gratuita total, dando la vida, para dar vida.

martes, 10 de mayo de 2011

No es solo HidroAysen



Así como Barrancones, la aprobación de HidroAysen, el proyecto hidroeléctrico mas ambicioso en la historia del país, ha desatada una vertiginosa lucha de declaraciones entre detractores y defensores del proyecto. Gente agitando pancartas y entonando canticos contra la central hidroeléctrica se han hecho comunes los últimos días. Los ambientalistas se enfrentan con vehemencia a los empresarios y autoridades que apoyan esta iniciativa de matriz energética, arguyendo el tremendo daño ambiental que se comete. Reservas ecológicas y parques nacionales serán arrasados por el proyecto, se prevén  consecuencias mayores a largo plazo como las alteraciones del ecosistema hasta la aceleración del descongelamiento de glaciares en los campos de hielo sur y norte, y por la información existente, parece la opinión más verdadera y verosímil.

Sin embargo, me pregunto porque estos furibundos ambientalistas espontáneos no ha dicho nada por las mas de 100 centrales a carbón que se han instalado en los últimos 20 años, o por la central de Tocopilla a base de Petcoke (basura toxica) que ha hecho que Tocopilla sea declarada oficialmente zona saturada por contaminación según la normativa ambiental vigente. Tenemos en Mejillones una termoeléctrica y sufrimos la contaminación y daño del ecosistema de muchas faenas mineras que no tienen escrúpulos en términos ambientales. Y así podría llenar varias páginas.

Tal vez sea porque la Patagonia es más bonita o porque sencillamente el daño es más grande. O quizá hay desconocimiento de lo que pasa en el país. No importa mucho por ahora. Lo que si importa es que Chile no tiene política energética a largo plazo, como casi en ninguna materia y eso es lo preocupante. La única política seria y congruente en el tiempo parece ser la económica, sobre todo durante los gobiernos de la Concertación. Sin duda la política económica en el mundo de hoy es muy importante, pero no si eso va en desmedro de casi todos los demás temas que deben importar en un país.

Quizá el argumento que mas me llamo la atención fue que Chile se lanza a una aventura Hidroeléctrica gigante que pretende salvar la crisis energética del país (pero que estará completamente operativa el 2024) cuando en el mundo esta y otras matrices emblema del siglo XX van en franca retirada. Y es esa mirada carente del largo plazo la que preocupa.

Porque al final uno sabe que el negocio es tan grande que nadie lo quiere soltar. Pero más preocupante es ver a un país que carece de políticas públicas de largo plazo y que ha entrado en crisis en casi todas sus materias: educación, salud, previsión, energía, etc. Sin duda no es solo HidroAysen y ojala los twiteros furibundos y los vehementes protestantes  lo entiendan, sobre todo los antofagastinos, que hemos visto morir a Tocopilla en un cruel silencio. Porque es esa falta de consistencia la que debilita el discurso y opaca la acción. Aunque tengo confianza en que con este tipo de eventos se puede tomar conciencia de largo plazo, tanto del pasado como del presente y futuro.

martes, 26 de abril de 2011

Esnob


Esnob: Persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos. U. t. c. adj.  Esta es la definición que la real academia de la lengua española admitió hace ya varios años. Proveniente del anglicismo Snob, esta palabra tiene una interesante historia. Según la versión más difundida de su origen, esta palabra nace cuando las Universidades de Princeton y Cambridge se vieron obligadas  aceptar entre sus estudiantes a jóvenes sin título nobiliario, entonces en la lista se colocaba el nombre del estudiante y la abreviatura s/nob que quería decir, sin título de nobleza.

Desde entonces este adjetivo se ha utilizado para aquellas personas que imitan los gustos y lujos de los ricos sin serlo. Aquellos que se visten con marcas caras, que hablan como ricos, que comen lo que los adinerados llaman exquisiteces y todas esas cosas.

Ahora, todo lo que hay detrás de este concepto es una brutal exclusión. Porque son los adinerados y poderosos los que en el fondo dicen: “somos especiales, distintos, con gustos y practicas exclusivas de los de nuestra clase y todo lo que puedes hacer tu es imitarnos, porque  nunca serás como nosotros”. Hoy el esnob es querer ser “cool” (otro anglicismo nefasto) sofisticado, bakan, macanudo, etc., según la palabra que prefieran.

Y estamos todos un poco “esnobizados”. Todos con Blackberry conectados a twitter todo el día, comprando entradas de 1 millón de pesos para ver a Paul McCartney, pendientes der cada detalle sofisticado de la boda real, con ropa de marcas, comiendo sushi e locales del barrio alto, etc. Nos estamos llenando de lugares exclusivos y excluyentes, donde entrar o pertenecer te da un status distinto, como si te hiciera mejor que los que no pueden entrar. Hemos puesto barreras para sentirnos especiales, sin dejar que otros pasen. Que no se les ocurra venir, solo van a flaytear el lugar. Decirle roto a la gente se ha convertido en un hobbie para muchos, que andan clasificando y etiquetando a la gente según sus ingresos económicos y sus gustos. Según el agua mineral que toman y la peluquería en la que se cortan el pelo.

Basta ya, nos obligan a tener. Te hacen sentir que para ser alguien debes seguir una moda, hablar determinadamente y seguir los gustos de un par de ricachones a los que se les ocurre que algo es “in” o “out” según como se levanten. Pura exclusión. Y después nos quejamos de las desigualdades económicas y de la falta de solidaridad. Si a cada segundo te etiquetan, si te miden como si fuera una prueba a cada segundo.

El dinero corrompe y excluye. A Cristo nunca le gusto el dinero. Quieren dominarnos, quitarnos los sueños, atomizarnos hasta que ya no podamos vernos. Nos ponen como enemigos y distintos para que no podamos cambiar el mundo. Para que el amor no prospere ni libere. Nos hacen esclavos del dinero y la moda, porque saben que nos morimos por pertenecer a algo, que nos sentimos solos y buscamos aceptación. Porque somos tan individualistas que nos hemos quedado solos y buscamos consuelo en los clubes exclusivos, donde podemos pertenecer y ser especiales. Nos quieren dominar, pero aquí estamos de pie, luchando, no con odio, sino, con amor. Usando su mismo sistema, pero desafiándolo a la vez.


miércoles, 20 de abril de 2011

Esa peligrosa radicalidad


Del blog territorio abierto de Jesuitas en formación, visita su pagina web. Por Cristobal Emilfork sj, Periodista
Cuando se habla de radicalidad solemos pensar en extremos, en posturas que no se transan, en valores que permanecen incólumes por los siglos de los siglos, y por los cuales aquéllos que se consideran “radicales” están dispuestos a morir.
La radicalidad huele a entrega, a decisión, a sacrificio… a firmeza de carácter.
Pero a veces en su nombre también se amparan la intransigencia, la miopía, la incapacidad de dialogar, y un gigantesco “prejuicio” tatuado en la frente, y quizás también en los ojos. Ojos que nos cierran a lo nuevo, y que asumen categorías inamovibles, aterradoramente conservadoras. Conservadoras de la intolerancia y de la “etiquetización” de las personas, de los grupos sociales, de la humanidad.
Creo que hoy corremos el riesgo de ser peligrosamente radicales… en ese segundo sentido del término.
Sin embargo, la verdadera radicalidad parece marchar en un sentido contrario. La verdadera radicalidad parece vestirse con el traje de la humildad, ponerse los zapatos de la apertura y lleva la tolerancia inscrita no en la frente, sino que en el corazón.
La radicalidad de quien es capaz de reconocer la verdad presente en el otro con el que se discute. La radicalidad de aquél que pone en duda sus supuestos conocimientos infalibles, la radicalidad de quien sabe que el mundo es mucho más que las etiquetas que desfilan por nuestros medios de comunicación y que en un insensato afán simplificador cuelgan adjetivos sobre todo y todos para hacer más digerible la realidad.
La verdadera radicalidad no es presa del miedo que puede acampar bajo la aparente convicción. La radicalidad sabe que los de derecha pueden hacer bien las cosas, así como también los de extrema izquierda.
La radicalidad piensa que quizás sí se le puede dar mar a Bolivia, que el caos no necesariamente arribará con Ollanta en la presidencia del Perú. La radicalidad va más allá de criticar la insensatez de Van Rysselbergue o de pensar “terrorista” cuando escuchamos mapuche en la televisión. La radicalidad despercude nuestros prejuicios y nos abre a la novedad que lleva consigo cada ser humano, cada día, en cada minuto.
Es lógico que hoy la radicalidad surja entre nosotros. Si vivimos en tiempos en que algunos políticos no piensan en el bien común sino en la ganancia personal, en que algunos sacerdotes no respiran Evangelio sino que poderío, abuso o corporativismo, o en que algunos medios no pasan noticias sino sólo publicidad, es lógico que dudemos. Es lógico que busquemos certezas dónde afirmarnos, sitios donde guarecernos frente a ese tsunami que cuestiona todo, absolutamente todo.
Pero la radicalidad verdadera nos pide seguir creyendo. Seguir creyendo en el otro. Y clama porque no (nos) encasillemos. La radicalidad nos invita a sentar en la misma mesa a prostitutas y guardianes de las buenas costumbres, a obreros y a empresarios, a momios y a rojos. Porque ella no teme ser cuestionada, decir la verdad sobre su inmensa miseria y pedir ayuda para seguir caminando cada día más abierta, cada día más verdadera.

lunes, 11 de abril de 2011

Lo que hay detrás de Karadima



Este es un post que escribo pensando en las victimas de las desfiguraciones del evangelio. Porque Cristo vino a incluir y liberar, no a someter ni dañar. Porque Cristo hizo ver a los ciegos y brillar la verdad, el secreto y la ignorancia son contrarios al evangelio de Cristo.

Trabajo hace diez años en comunidades eclesiales de base, en grupos y movimientos católicos. He recorrido Chile en misiones y encuentros, y claramente, el caso Karadima es un impacto tremendo en la vida pastoral, no por el honor perdido como creen algunos, sino, porque es una falla, un error que no supimos evitar como iglesia. Porque es infidelidad con el mensaje liberador de Cristo y porque se daña a inocentes.
Pero los abusos sexuales y la lenta acción de algunas autoridades eclesiales tienen su punto de partida en equivocaciones y distorsiones anteriores. Conozco gente que visito alguna vez la parroquia del bosque y vieron el raro clima que se vivía en aquel lugar. Karadima era visto casi como santo, había una reverencia total hacia el. Esto que puede parecer bastante banal no lo es tanto. Muchos le hicieron ver a los obispos de la época estos hechos, que son al fin y al cabo, una distorsión del rol de los sacerdotes. La palabra del cura no es verdad absoluta, es Cristo la única verdad. La comunidad no está al servicio del cura, sino, el cura al servicio de la comunidad. Una educación espiritual que involucre el pensamiento crítico, que alimente el discernimiento espiritual de lo bueno y lo malo, de lo que nos acerca y nos aleja de Dios, es fundamental en el ministerio sacerdotal y en toda practica pastoral cristiana. Porque Cristo nunca negó la razón, más bien la uso y la promovió, la fe involucra a la razón, por más que a veces escape de ella.

Esta distorsión de la visión del sacerdote, facilita el secretismo, los abusos y las equivocaciones. Porque el pastor se vuelve incuestionable, venerable y centro de la fe, que no es otro que Cristo mismo. Entonces la comunidad se vuelve cultivo de poderes mal entendidos, de caprichos y de desviaciones. Se puede hacer lo que se quiera, nadie me cuestionara, nadie dirá nada, todo parece bueno, y si no, es palabra del cura, el sabrá porque lo hace.

Y son estas cosas las que la iglesia debe vigilar. El sano ejercicio del sacerdocio o de cualquier ministerio pastoral que ejerza un consagrado o un fiel en la iglesia, se basa en su compromiso radical con Cristo y su evangelio, siendo testimonio de verdad y humildad, procurando presentarles al  Padre que Cristo presento, un Dios de Amor, que envía a su hijo a liberar al mundo de la esclavitud del pecado, que ama al pecador y al excluido.
Si hay algo que Cristo siempre cuestionó fue el anquilosamiento del poder, cuando este se sirve a sí mismo y no al prójimo. Y lamentablemente sobre todo en la  vida eclesial clase alta chilena, el poder tiene demasiado lugar.

Karadima no solo fue castigado por abusador, sino, por mal sacerdote. Su círculo cercano fue intervenido porque se sospecha de la inidoneidad de su itinerario formativo, que puede no estar siendo una herramienta eficaz para mostrar el amor de Dios ni contribuir a la construcción del reino. Que fue lo mismo que pasó con los Legionarios de Cristo y Marcial Maciel, que construyo un imperio para desarrollar sus mas pervertidas practicas.
Y es en esto donde se quiere avanzar. La vida religiosa y laical debe guiarnos y guiar a los demás hacia Cristo, y para eso hay muchos que luchan y han dado la vida, a ellos mis saludos y mi unión en la construcción del reino. A.M.D.G

sábado, 2 de abril de 2011

¿Hasta cuando esperamos?



El cierre de la división Ventanas de Codelco, como consecuencia de varios recursos de protección por contaminación del medio ambiente, y su posterior reapertura, han sido tema obligado en los noticieros nacionales y por varias razones.

En primer lugar por el tema medio ambiental. En este sentido Ventanas no ha sido el único caso de conocimiento público, lo fue Barrancones e hidroaysen, como en su momento fue Celco. En ese sector del litoral central, cerca de Quintero, se encuentran varias faenas industriales que han contaminado por aos el sector. En el verano fui a visitar Ventanas, otrora hermoso balneario, que hoy no es sino, el cadáver de algo que existió, con notables muestras de contaminación con una chimenea a escasos metros de la orilla y con un turismo erradicado por la misma contaminación.

En esta última semana, además se conocieron varios casos de gente que ha sufrido por años los efectos negativos de la contaminación, generando enfermedades en ellos y en varios integrantes de cada familia. Las historias eran conmovedoras. Familias enteras afectadas por cáncer, otros vieron agudizadas ciertas patologías, pero todos tenían en común lo mismo; son gente pobre y humilde, que trabaja por el sector para poder subsistir y que les cuesta mucho dejar su tierra, tanto por el trabajo (que hoy no es fácil encontrar) y por las raíces que ha echado en ella.

Quizá para algunos es difícil entender porque la gente no se va de esos lugares arrancando de la nociva contaminación. Yo también me he hecho esa pregunta, pero la pregunta más grande que me hago es la siguiente ¿Por qué nadie ha hecho nada para enfrentar una situación de tan larga data? Porque no solo es ventanas, tenemos una serie de problemas con la contaminación ya sea por los residuos de la minería en el norte, por la matriz energética a lo largo del país o por todas estas faenas industriales en el litoral central.  Entonces ¿hasta cuándo nos quedamos quietos?

Y entonces el asunto decanta en algo que parece sencillo que demora mucho tiempo en hacerse realidad; ¿Qué hacemos con esto? La pregunta es así de sencilla, pero con una respuesta un poco más compleja. Porque la cuestión versa sobre como compatibilizar la satisfacción de necesidades industriales (matriz energética, producción industrial como cobre u otros minerales, manufactura, etc.) que son importantes para la economía de un país (saltándonos hoy el debate sobre la redistribución del ingreso y la retribución justa de las ganancias empresariales), el respeto por la naturaleza y el bien de las personas.

No es un asunto fácil, y puede parecer de pero gruyo, pero aun así, todavía no hacemos nada para resolverlo. Que esta primero ¿la ecología, las personas, la economía? Es difícil priorizar cuando se sabe que una actividad o decisión dañara si o si a alguna de estas piezas. Pero queda claro que durante muchos años, ya sea por ignorancia o por mala intención, la salud y el medioambiente estuvieron por debajo de la economía en prioridad, entonces se piensa primero en el negocio que en el bien común.

No tengo solución para dar, pero si un poco de sentido común, aquí lo que falta es hacer frente a los temas que nos interpelan, pero todos juntos. Las autoridades deben actuar como tal y la opinión pública hacer un poco más que demostrar su disconformidad vía twitter, y cada uno en su orbita, porque lamentablemente, no se puede estar en todos lados ala vez,pero lo que todos podemos perseguir desde distintos lugares ees el bien y la verdad ¿hasta cuando esperamos?

miércoles, 16 de marzo de 2011

Con los brazos abiertos

Un reportaje de un canal de televisión sobre la problemática realidad de los migrantes en Antofagasta, me invita a escribir nuevamente sobre esta situación.

En Antofagasta residen legalmente más de 1100 migrante de distintas nacionalidades, se estima que este año ya han entrado más de 300 ilegales. Solo el año pasado se expulso del territorio nacional más de 500 migrantes irregulares. Estos números son una muestra clara de una realidad que no se puede negar. El fenómeno de la migración llego a la ciudad para quedarse y debemos aprender a hacerle frente y convivir con ella. En el pasado fuimos los chilenos los que llegamos a otros países, ahora, nuestra estabilidad política y económica principalmente gracias al cobre, frente al caos de América latina, nos hace lugar preferido para buscar nuevas esperanzas y horizontes, por más que dichos sueños solo queden en eso solo en sueños.

Pero pareciese que nuestro país, nuestra gente, no está preparada para asumir la migración de nuestros hermanos latinoamericanos de una manera fraterna. Nuestros hermanos peruanos son constantemente victima de burlas las, a los bolivianos los tratamos como inferiores, a los afroamericanos los tratamos de traficantes o prostitutas en el caso de las mujeres. Se salvan los argentinos, a los que solo tratamos de chantas. Claramente no puedo generalizar en esto, pero digamos que la mayoría reacciona de esta manera. A los turistas los recibimos bien, mejor aun si son europeos altos y rubios. Pero a aquellos que llegan buscando nuevas oportunidades, parecemos cerrarles las puertas.

Y quiero centrarme en los latinos que llegan a nuestro país, entendiendo que nos llegan visitantes de todo el mundo. Y en especial en lo que pasa en Antofagasta, donde los números que arriba expuse, corresponden mayoritariamente a peruanos, colombianos y ecuatorianos, estos dos últimos, en su mayoría de ascendencia afroamericana.

Es cierto que muchas mujeres que llegan terminan trabajando en el comercio sexual, que cada dia tiene más y mejores clientes gracias a los altos sueldos de la minería y sus servicios asociados. Es verdad que también entra mucha droga con los extranjeros y que muchos hombres son proxenetas de mujeres prostitutas. Pero también es verdad que no son todos, ni siquiera la mayoría. Es más, la mayoría de las veces llegan a nuestro país con la intención de encontrar trabajo, pero la exclusión de la que son víctimas los empuja muchas veces a tomar decisiones equivocadas. Es también verdad que no tenemos sensibilidad ante su realidad. No viene a otro país por tener una aventura en la vida, vienen buscando una mejor vida. Porque en sus países la cosa esta peor que aquí. Si nos quejamos del gobierno y las pocas oportunidades, de la delincuencia y la droga, imagínense como es la situación en el resto de América latina, que tantos viene aquí arrancando de los mismo.

La prostitución, la droga y la delincuencia son, en primer lugar, un producto nacional, que no necesita ser importado, porque ya esta instalado, en segundo lugar, es un producto de la exclusión, de un sistema económico y social cruel y hegemónico, que no permite alternativas, o que de haberlas, las devora tan rápido que no alcanzar a ser una amenaza.

La migración es un fenómeno que debemos afrontar como país. Debemos modernizar nuestros controles fronterizos, crear una política migratoria seria e incluyente y sensibilizarnos ante el crudo panorama que vive gran parte de la región, donde la pobreza y la exclusión han provocado una herida que ha dejado demasiados heridos.

A nivel gubernamental, tampoco estamos preparados para la gran llegada de migrantes a nuestro país. En Antofagasta solo había 2 funcionarios en extranjería, que no daban abasto con la demanda de visas y otros trámites y que obligaban a la gente a hacer filas desde las 2 de la mañana en la calle. Carecemos de una política migratoria seria no tenemos controles sanitarios ni incentivos profesionales o demográficos, tampoco desincentivos en caso de que no podamos recibí mas gente. En fin no hay política.

Y por ultimo existe necesidad de sensibilizarse ante esta realidad hay que ser mas acogedores porque muchos vienen buscando una vida mejor porque en su tierra no la tienen. Vienen madres solteras con sus hijos o sin ellos esperando armarse económicamente para poder traerlos. Vienen padres y familias enteras buscando oportunidades una vida buena, con paz y algo de felicidad, escapando del sufrimiento, y ante eso que se nos despierte el racismo y un nacionalismo rasca es verdaderamente vergonzoso. Que los que vengan sientan que los recibimos con los brazos abiertos para no generar más exclusión ni empujarlos a cometer errores. Así con los brazos abiertos

lunes, 7 de marzo de 2011

La catolicidad de las Universidades Catolicas

Del Padre Jorge Costadoat sj, publicado en su pagina web www.jorgecostadoat.cl

“Lo católico” acarrea problemas en el ámbito universitario. Cuando se confunde la misión de una universidad con las exigencias de la religiosidad cristiana, es la propia catolicidad de las universidades la que termina desprestigiándose. Pero “lo católico” puede contribuir efectivamente a la búsqueda de la verdad, objetivo y sentido de todas las universidades. Puede, cuando en “las católicas” se articulan debidamente la fe y la razón.
Cuando se hace depender la catolicidad de una universidad de la adscripción o devoción religiosa de sus alumnos y, sobre todo, de sus profesores, la universidad se enferma. Menciono tres patologías. Dos típicas: la simulación y la exclusión. En lo inmediato, la invocación religiosa de “lo católico” puede generar exclusión. Esto comentan en las universidades los académicos que temen ser mal mirados, o efectivamente lo son,  porque no creen en Dios, no son cristianos, tienen otro credo o no están a la altura de la doctrina de la institución. Por ejemplo, hay personas que temen no obtener la titularidad si se separan y, peor aún, si se casan de nuevo. En las “católicas” ocurre también que académicos lucen su catolicismo para congraciarse con el establishment. Esta simulación es penosa, pero además enrarece las relaciones entre las personas, crea sospechas, genera odiosidades.
A mi juicio estas enfermedades afectan la catolicidad de las universidades católicas porque contaminan su misión. Una universidad no puede ser católica si no estimula el ejercicio libre de la razón sin el cual se hace imposible llegar a la justicia y la paz social, objetivo último del quehacer universitario en la sociedad.
Los principales documentos eclesiales sobre el tema destacan que la misión de toda universidad es la búsqueda de la verdad. Las universidades católicas, a este respecto, no debieran invocar título privilegiado alguno. De hacerlo, atentarían contra su propia certeza teológica: la Iglesia cree que el Padre de Jesucristo es el Creador de la razón humana, razón de la que todas las personas gozan independientemente de su credo. De aquí que las universidades católicas debieran entender que, de acuerdo a la misma fe cristiana, su búsqueda de la verdad no es mejor ni peor que la de los demás, sino que se caracteriza por subrayar la necesidad del diálogo y del amor de la humanidad consigo misma, lo cual se consigue con aprecio de la diversidad cultural y sujeción a los métodos que sin daño de nadie la ciencia se da a sí misma. Las universidades cristianas, por esta razón, debieran ser espacios para aquella libertad de pensamiento que es posibilitada por una neta distinción de los planos de la fe y la razón que, paradójicamente, despeja el camino para una convergencia entre ambas. En estas universidades, los católicos no debieran pretender encontrar la verdad sin los no católicos. Se incurriría en un “pecado” en contra del Creador de unos y otros.
Donde hay falta de libertad, se estudia, se piensa, se dialoga y se enseña con dificultad. Por esta razón, el respecto a la conciencia y a la indagación científica, sobre todo mediante una institucionalidad capaz de corregir los posibles abusos, es condición para encontrar esa verdad que solo es tal cuando, por lo mismo, libera las potencialidades de todos y urge un compromiso con todos, especialmente con aquellos que no tienen quién investigue por ellos.
Menciono, por esto, una tercera enfermedad. La peor de todas. En nuestro medio la alianza entre la academia y la empresa privada debiera abrirse a una comprensión de la verdad humanamente más amplia, más humanizadora, que aquella que solo sirve para alimentar el capitalismo. Cuando, por el contrario, esta alianza es sellada con la colaboración de un catolicismo pío y estrecho, la injusticia social se vuelve incontrarrestable. Entonces prevalecen los intereses particulares sobre la búsqueda del bien común, y la opción por los pobres que debiera distinguir a las “católicas” cede a favor de la formación de los privilegiados de siempre.
Una universidad es verdaderamente católica cuando en ella la fe cristiana favorece la libertad de pensamiento y el compromiso por incluir a los excluidos o a los estigmatizados por su credo o por su vida.